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lunes, 5 de octubre de 2026

¿Y SI MAÑANA EL EFECTIVO DEJARA DE EXISTIR?

El problema no es solamente cómo vamos a pagar. La verdadera pregunta es: ¿quién quedaría fuera?

Hay conversaciones que parecen hablar de tecnología, pero en realidad hablan de poder, de acceso y de supervivencia.

Hoy se habla cada vez más de reducir el uso del efectivo, impulsar los pagos digitales y avanzar hacia una economía cada vez menos dependiente de los billetes y las monedas.

La tecnología tiene enormes ventajas.

Las transferencias son rápidas. Las tarjetas facilitan las compras. Los pagos digitales pueden hacer más eficiente una economía y ayudar a combatir ciertas formas de evasión y de economía ilegal.

Pero hay una pregunta que pocas veces hacemos:

¿Qué ocurre con las personas que todavía necesitan el efectivo para vivir?

Porque eliminar el efectivo —o convertirlo en un medio prácticamente inútil— no sería solamente cambiar la forma en que pagamos.

Sería cambiar las reglas de participación económica.

Y ahí está la verdadera discusión.

Imaginemos algo tan sencillo como comprar huevos

Supongamos que mañana sales de tu casa y quieres comprar seis huevos en el puesto de la esquina.

Tú tienes dinero.

Pero no traes efectivo.

El vendedor tiene los huevos.

Pero no tiene terminal bancaria, no tiene código QR, no utiliza una aplicación y tampoco tiene una cuenta preparada para recibir transferencias.

¿Qué ocurre?

No hay transacción.

No porque tú no tengas dinero.

No porque él no tenga producto.

Sino porque ambos quedaron fuera del mecanismo mediante el cual ahora se supone que deben intercambiar.

Y aquí aparece una realidad que puede resultar incómoda:

tener dinero no significa necesariamente tener acceso al dinero.

Para una persona con tarjeta, teléfono inteligente, internet, cuenta bancaria y conocimientos digitales, cambiar del efectivo a los pagos electrónicos puede parecer sencillo.

Pero para quien vende en la calle, para el pequeño comerciante, para quien trabaja al día, para una persona mayor, para alguien sin cuenta bancaria o para quien vive en una zona con conectividad deficiente, la historia puede ser completamente diferente.

¿Quiénes serían los primeros afectados?

Probablemente no serían los grandes corporativos.

Los primeros en sentir una transición brusca serían precisamente quienes tienen menos margen de maniobra.

El pequeño comerciante.

El vendedor ambulante.

El trabajador informal.

El pequeño productor.

La persona que cobra diariamente.

El adulto mayor que no utiliza aplicaciones.

Quien no tiene cuenta bancaria.

Quien vive en una comunidad donde la infraestructura digital todavía es limitada.

Y también quienes, aunque tengan una cuenta bancaria, dependen del efectivo porque sus proveedores o clientes trabajan con él.

Esto es particularmente importante en México.

La Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024 muestra que el efectivo continúa siendo el medio de pago más utilizado en nuestro país. Para compras de hasta $500, el 85.2% de las personas de 18 a 70 años señaló el efectivo como su medio de pago frecuente; incluso para compras superiores a $500, el porcentaje fue de 73.5%.

Es decir:

México está avanzando hacia lo digital, pero México todavía no es una economía donde todos puedan prescindir del efectivo.

Y esa diferencia importa.

Porque el efectivo no solamente es dinero

También es accesibilidad.

Es una forma de intercambio que no requiere batería.

No necesita internet.

No depende de una aplicación.

No necesita que funcione un servidor.

No requiere que una institución financiera autorice una transacción.

Y puede utilizarse entre dos personas que simplemente tienen un billete y un producto.

Eso puede parecer rudimentario frente a la tecnología.

Hasta que falla la tecnología.

¿Qué pasa cuando se cae la red?

¿Qué pasa cuando hay un apagón?

¿Qué pasa cuando un banco tiene una interrupción?

¿Qué pasa cuando una aplicación deja de funcionar?

¿Qué pasa cuando ocurre un ataque cibernético?

¿Qué pasa después de un desastre natural?

En ese momento, algo que parecía viejo puede convertirse en infraestructura crítica.

Y esto no es una teoría.

Suecia, uno de los países que más avanzó hacia los pagos digitales, actualmente está fortaleciendo nuevamente el papel del efectivo.

El Banco Central de Suecia ha advertido que el efectivo sigue siendo importante para la inclusión y para la resiliencia del sistema de pagos, especialmente ante ciberataques, interrupciones de internet o electricidad. Incluso recomienda a los hogares mantener una cantidad de efectivo disponible para situaciones de emergencia.

En 2026, Suecia aprobó además medidas para obligar, bajo determinadas condiciones, a establecimientos de alimentos y farmacias a aceptar efectivo.

¿Por qué?

Porque descubrieron algo fundamental:

un sistema de pagos completamente dependiente de la infraestructura digital también puede ser un sistema vulnerable.

Y hay otro ejemplo que México debería observar

En 2016, India tomó una decisión mucho más drástica.

El gobierno retiró de circulación, prácticamente de un día para otro, los billetes de mayor denominación. Esos billetes representaban aproximadamente el 86% del efectivo en circulación.

La intención incluía combatir dinero ilícito, falsificación y promover una mayor formalización y digitalización de la economía.

Pero ocurrió algo que debería interesarnos especialmente en México:

hubo una enorme escasez de efectivo.

El Fondo Monetario Internacional documentó que la falta de efectivo interrumpió el consumo y la actividad empresarial, afectando especialmente a los pequeños negocios y a las zonas rurales.

Investigaciones posteriores encontraron que las zonas más expuestas a la falta de efectivo registraron reducciones relativas en actividad económica, empleo y crédito.

El impacto no fue permanente: la economía se adaptó y el efectivo volvió a circular.

Pero la experiencia dejó una lección:

cuando una economía depende del efectivo, quitarlo rápidamente no solamente cambia la manera de pagar; puede detener temporalmente una parte de la economía.

¿Y qué significa esto para México?

Aquí está la parte que realmente deberíamos discutir.

México tiene una enorme economía de pequeños negocios, trabajadores independientes y actividades donde el efectivo sigue siendo fundamental.

Por eso, una transición hacia una economía predominantemente digital puede tener beneficios.

Pero si se hace sin garantizar primero infraestructura, acceso, educación financiera, conectividad, seguridad digital y alternativas para quienes todavía viven fuera del sistema financiero formal, existe un riesgo:

que la digitalización deje de ser inclusión y se convierta en exclusión.

Y entonces la pobreza podría hacerse visible mucho más rápido.

No porque desaparezca el dinero.

Sino porque algunas personas podrían perder la capacidad práctica de utilizarlo.

Volvamos al puesto de huevos.

Tú tienes dinero en tu cuenta.

El vendedor tiene huevos.

Pero ninguno puede concretar la operación.

Para las estadísticas, tal vez el dinero sigue existiendo.

Para la economía real, esa venta simplemente no ocurrió.

Y si eso sucede una vez, parece insignificante.

Pero imaginemos miles.

Después cientos de miles.

Pequeños intercambios que dejan de realizarse.

Ventas que no se concretan.

Productos que no se venden.

Personas que no cobran.

Negocios pequeños que pierden clientes.

Trabajadores que no pueden comprar.

Y una cadena económica comienza a detenerse desde abajo.

El verdadero debate no debería ser efectivo contra tecnología

Ese es un falso dilema.

No necesitamos regresar al pasado.

Tampoco necesitamos rechazar la digitalización.

Necesitamos algo mucho más inteligente:

un sistema de pagos con redundancia.

Digital cuando funciona.

Efectivo cuando sea necesario.

Tarjeta cuando sea conveniente.

Transferencia cuando sea posible.

Y mecanismos alternativos cuando alguno falle.

Porque una economía saludable no debería depender de un único canal.

La tecnología debe ampliar nuestras posibilidades, no reducirlas.

Y antes de preguntarnos:

“¿Cuándo dejaremos de usar efectivo?”

Tal vez deberíamos preguntarnos:

“¿Estamos preparados para que nadie quede fuera cuando el efectivo deje de ser una opción?”

Porque detrás de cada billete no solamente hay dinero.

Hay una persona.

Un pequeño negocio.

Una familia.

Una compra.

Un salario.

Una comida.

Una emergencia.

Y, en muchos casos, la posibilidad de seguir participando en la economía.

Eliminar el efectivo puede parecer un cambio tecnológico.

Pero si no se hace con inclusión y previsión, puede convertirse en un cambio social y económico mucho más profundo de lo que imaginamos.

La pregunta no es si México debe digitalizarse.

La pregunta es:

¿cómo digitalizamos sin dejar atrás a quienes todavía necesitan tocar el dinero para poder sobrevivir?

Porque cuando hablamos de economía, no todo ocurre en los bancos.

A veces la economía está en una esquina.

En un puesto de huevos.

En una señora vendiendo comida.

En un pequeño comercio.

En un trabajador que cobra hoy para poder comer hoy.

Y quizá ahí es donde deberíamos comenzar esta conversación.

Por Eli Frías

Mentora Estratégica en Liderazgo Empresarial e Inteligencia Emocional

Sígueme en mis diferentes redes sociales en @elifrias

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