Por Elizabeth Frías
Mentora Estratégica en Liderazgo Empresarial e Inteligencia Emocional
Hay personas capaces de destruir relaciones, quebrantar la confianza, manipular voluntades y causar heridas profundas sin experimentar, aparentemente, ningún remordimiento. Mienten, traicionan, humillan o lastiman, pero siempre encuentran una explicación que las absuelve. En su versión de los hechos, nunca son responsables: alguien las provocó, alguien las decepcionó, alguien las obligó a actuar de esa manera.
Siempre existe un culpable. Y, curiosamente, casi nunca son ellas mismas.
Lo verdaderamente inquietante no es solamente la capacidad de hacer daño, sino la habilidad para justificarlo sin renunciar a la imagen de buena persona que se ha construido.
Porque pocas cosas son tan peligrosas como una conciencia que ha aprendido a defenderse de la verdad.
Cuando el ego se convierte en abogado
Los seres humanos tenemos una extraordinaria capacidad para interpretar nuestras acciones de manera favorable. Podemos reconocer con facilidad las intenciones de los demás, pero nos cuesta mucho más cuestionar las propias. Cuando nuestra conducta contradice la imagen que tenemos de nosotros mismos, buscamos explicaciones que reduzcan la incomodidad de reconocerlo.
En psicología, algunos de estos procesos se relacionan con la racionalización y el sesgo de autoservicio: mecanismos mediante los cuales podemos justificar nuestras decisiones, atribuir nuestros errores a las circunstancias y proteger nuestra autoestima de aquello que amenaza nuestra identidad.
No significa que todas las personas actúen deliberadamente para engañar a los demás. A veces, primero se convencen a sí mismas.
Así, la venganza puede disfrazarse de justicia; la crueldad, de sinceridad; la indiferencia, de fortaleza; el control, de preocupación, y el egoísmo, de amor propio.
Las palabras cambian. La interpretación se acomoda. La responsabilidad, entretanto, queda fuera de la conversación.
Y es precisamente ahí donde comienza el problema: cuando dejamos de preguntarnos si nuestras acciones son correctas y empezamos a buscar argumentos para demostrar que tenemos derecho a realizarlas.
El peligro de sentirse siempre la víctima
Haber sufrido no convierte automáticamente a una persona en alguien incapaz de lastimar. Haber sido traicionado no justifica traicionar. Haber vivido una injusticia no concede permiso para cometer otra.
El dolor merece comprensión, pero no puede convertirse en una autorización permanente para dañar a los demás.
Sin embargo, hay quienes construyen su identidad alrededor de las heridas que han recibido. Recuerdan cada ofensa, enumeran cada decepción y conservan un registro minucioso de las veces que alguien les falló. Pero cuando llega el momento de examinar sus propias conductas, la memoria parece volverse selectiva.
Recuerdan lo que les hicieron, pero minimizan lo que hicieron. Exigen empatía para sus circunstancias, pero se muestran incapaces de considerar las de los demás. Reclaman comprensión para sus errores, mientras convierten los ajenos en pruebas irrefutables de su falta de valor.
No se trata de negar que existen víctimas reales ni de responsabilizar a quien ha sufrido violencia por lo que le hicieron. Se trata de distinguir entre reconocer el daño recibido y utilizarlo para justificar el daño que uno mismo causa.
Una herida explica parte de nuestra historia; no nos concede el derecho de escribir la historia de otros a costa de su bienestar.
¿Y si tú también eres el villano en una historia que te has contado de otra manera?
Esta es, quizá, la pregunta más incómoda de todas.
¿Y si aquello que llamas sinceridad es una forma de herir sin asumir las consecuencias? ¿Y si lo que justificas como una reacción necesaria fue una decisión que lastimó a alguien? ¿Y si llevas tanto tiempo señalando los errores ajenos que has dejado de reconocer los propios?
Tal vez no te consideres una persona manipuladora, pero ¿has utilizado alguna vez el silencio para castigar? Quizá jamás te definirías como alguien cruel, pero ¿has humillado a otra persona y después has dicho que no soporta la verdad? Puede que te consideres justo, pero ¿aplicas los mismos criterios cuando el error es tuyo y cuando lo comete alguien más?
No son preguntas para condenarnos. Son preguntas para examinarnos.
Porque también podemos hacer daño sin haberlo planeado. Podemos actuar desde el orgullo, la frustración, el miedo o el resentimiento y comprender las consecuencias cuando ya hemos provocado una herida. La diferencia no está en vivir convencidos de nuestra propia bondad, sino en tener la disposición de revisar nuestra conducta cuando la realidad contradice la imagen que tenemos de nosotros mismos.
La intención importa, pero no es el único elemento que define el impacto de nuestras acciones.
No basta con decir «yo no quería lastimarte» si nos negamos a escuchar cómo afectamos a la otra persona. Tampoco basta con pedir perdón si utilizamos las disculpas para evitar cualquier cambio.
La responsabilidad comienza cuando dejamos de discutir únicamente sobre lo que quisimos hacer y tenemos el valor de reconocer lo que efectivamente hicimos.
La madurez comienza donde terminan las excusas
Existe una diferencia fundamental entre equivocarse y convertir la justificación del error en una forma de vida.
Todos podemos actuar de manera injusta. Todos podemos reaccionar desde nuestras emociones, interpretar mal una situación o tomar decisiones de las que después nos arrepintamos. Pretender que una persona madura es incapaz de hacer daño sería tan poco realista como creer que reconocer nuestros errores nos vuelve débiles.
La madurez emocional no consiste en ser moralmente impecables. Consiste en desarrollar la capacidad de observarnos con honestidad, escuchar aquello que nos incomoda, reparar el daño cuando sea posible y modificar las conductas que no queremos seguir repitiendo.
Eso exige algo que no siempre estamos dispuestos a ofrecer: renunciar a tener la razón.
Porque reconocer que lastimamos a alguien puede obligarnos a revisar decisiones, relaciones, creencias y hasta la historia que nos hemos contado durante años. Es más sencillo defender nuestra versión que aceptar que, en determinadas circunstancias, también fuimos injustos.
Pero una disculpa sin responsabilidad es solamente una estrategia para recuperar la tranquilidad. Y un arrepentimiento que no produce ningún cambio corre el riesgo de convertirse en otra excusa.
La verdadera integridad no se demuestra cuando podemos explicar por qué actuamos bien, sino cuando somos capaces de reconocer que actuamos mal, incluso cuando nadie nos obliga a admitirlo.
La pregunta que preferimos evitar
Quizá el mayor riesgo no sea encontrarnos con personas que reconocen abiertamente sus errores, sino con quienes han construido una explicación tan convincente de sí mismas que ya no necesitan cuestionarse.
Y esa posibilidad no pertenece exclusivamente a los demás. También nos incluye.
Antes de señalar al manipulador, al egoísta, al mentiroso o al que siempre se presenta como víctima, vale la pena detenernos un momento. No para asumir culpas que no nos corresponden, ni para tolerar conductas que nos lastiman, sino para revisar con honestidad el papel que desempeñamos en nuestras propias relaciones.
¿Qué ocurre cuando somos nosotros quienes cruzamos un límite? ¿Qué hacemos cuando alguien nos dice que le hemos causado daño? ¿Escuchamos para comprender o respondemos para defendernos? ¿Buscamos reparar lo ocurrido o encontrar una explicación que nos permita continuar como si nada hubiera pasado?
El ego necesita preservar la imagen que tenemos de nosotros mismos. La conciencia, en cambio, necesita espacio para cuestionarla.
Y quizá ahí comienza una de las formas más difíciles de crecimiento personal: comprender que reconocer nuestros errores no destruye nuestro valor, pero negarnos sistemáticamente a reconocerlos sí puede destruir nuestras relaciones, nuestra credibilidad y la confianza de quienes nos rodean.
Porque ser una buena persona no significa ser incapaz de hacer daño. Significa no utilizar esa aspiración como excusa para dejar de examinar nuestras acciones.
El ego necesita tener la razón. La conciencia necesita la verdad.
Y ahora, la pregunta que queda no es quién te ha hecho daño, quién te ha decepcionado o quién merece ser señalado.
Es una pregunta mucho más personal:
¿Tienes el valor de reconocer el daño que tú también has causado, incluso cuando hacerlo significa dejar de verte como el bueno de la historia?
Elizabeth Frías
Autora y columnista | Psicología en Desarrollo Humano
Mentoría Estratégica en Liderazgo Empresarial e Inteligencia Emocional

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