sábado, 15 de septiembre de 2018

“¡México es una fosa!”, los relatos de horror que sacudieron a AMLO


Cero Grados.-Desde el fondo del auditorio del Centro Cultural Universitario Tlatelolco, una mujer gritó, a viva voz: “¡Queremos justicia, Andrés Manuel!”. Casi al mismo tiempo una joven lanzó, desesperada: “Ayúdeme a encontrar a mi hermano. ¡La SEIDO no sirve!, ¡La SEIDO no sirve!”.


Esta mañana, familiares de víctimas de la violencia que asistieron al Segundo Diálogo por la Paz, la Verdad y la Justicia aprovecharon la presencia del presidente electo para expresarle su indignación, hartazgo y rabia ante las promesas incumplidas por gobiernos anteriores, pero también para recordarle que decenas de miles de víctimas depositaron en él su confianza para poner un punto final a años de sufrimiento.
 En ese sentido, exigieron a Andrés Manuel López Obrador que dote de recursos a la Fiscalía Especializada y a la Comisión Nacional de Búsqueda de personas desaparecidas y abra la puerta a la participación de las familias, pero también que acepte la ayuda internacional para investigar los casos de desaparición, obligue a los gobiernos estatales a cumplir con sus obligaciones, acabe con la corrupción y la impunidad, y que termine con la violencia.


Araceli Salcedo Jiménez, madre de Fernanda Rubí Salcedo –desaparecida en Orizaba, Veracruz, hace seis años–, recordó al tabasqueño que el Estado mexicano tiene “una enorme cuenta sin pagar” a los mexicanos, que está pendiente “desde la llamada guerra sucia hasta la guerra contra el narcotráfico (…) Las autoridades se mueven entre la negación, el olvido y la corrupción, y esperamos que esto no se repita en su gobierno”.

Sentado entre Olga Sánchez Cordero y Alejandro Encinas –futuros secretaria de Gobernación y subsecretario de Derechos Humanos, respectivamente–, López Obrador escuchó con aire asombrado, y a veces ausente, las propuestas, casos y reclamos de justicia.

En las sillas instaladas a su alrededor se encontraban Irinea Buendía Cortés, Mirna Nereida Quiñonez, Araceli Salcedo, Guadalupe Aguilar Jáuregui, Lucia Díaz Genao, Araceli Rodríguez Nava y Yolanda Morán Isaías, todas madres de desaparecidos, así como el poeta Javier Sicilia, quienes se sucedieron en la tribuna para compartir su diagnóstico de la situación y exponer exigencias a la nueva administración.

“Muchas sabemos de fosas, señor. Jalisco es una fosa. ¡México es una fosa!”, sostuvo Aguilar, y añadió: “La esperanza de encontrar la verdad se está perdiendo, queremos que renazca la esperanza de este México desangrado, de estas madres que lloran (…) que termine esta guerra, esta guerra silenciosa”.

Frente a la tribuna, centenares de víctimas, representantes de 50 colectivos de familiares de desaparecidos, defensores de derechos humanos, activistas, funcionarios de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y periodistas atiborraban el auditorio. Decenas de manos levantaban mantas, cartones y fotografías de sus familiares desaparecidos, y a menudo lanzaban consignas de indignación o aliento.

“¡Oaxaca!”, “¡Reynosa!”, “Miren cómo estamos, ¡Ya basta!”, “¡Es culpa de Enrique Peña Nieto!”, “¡No estás sólo!”, “¡Ni una más!”, “¡Ni perdón ni olvido!”, “¡Nunca más, nadie más!”, brotaban a menudo los gritos desde el público.

Cuando Sicilia pidió un minuto de silencio en honor a las víctimas, una voz se elevó desde la audiencia para rechazar el acto. “¡No vamos a guardar silencio, ellos no están muertos!”. Acto seguido vino un ensordecedor grito: “¡Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos!”.

Y una señora, con la voz quebrada, estalló: “Estamos viviendo un dolor que no tiene nombre. ¡No hay nombre! Paso noches de rodillas pidiendo a Dios qué hicieron con mi hijo. Dejaron al país en un maldito cementerio”.

“No podemos esperar”

Cada vez que terminaba una presentación, una o varias personas del público se levantaban para plantear su desesperación o pedir justicia directamente a López Obrador. En silencio, el presidente electo amontonaba en su mesa los documentos relativos a casos de desaparición que llegaban a sus manos.

Con voz potente, un señor se dirigió hacia el tabasqueño: “Señor presidente electo, es quizás la última vez que le hablo en persona porque me van a matar, así me dijeron”.

Luego señaló que su hija, estudiante de preparatoria en Iguala, Guerrero, fue desaparecida. “Le pido que se investigue desde el Ministerio Público hasta los policías y al gobernador”, exclamó. Siguió: “Señor presidente electo, no les dé la mano a quienes nos están asesinando en Guerrero”.

El hombre entregó al futuro presidente de la República fotografías y documentos sobre el caso de su hija. Agotado por la emoción, se desmayó. Salió del recinto en una camilla, entre el llanto de decenas de personas.

Otro hombre, oriundo de Chilapa, expresó que su familia entera fue “secuestrada, quemada, descuartizada y torturada”, y que los culpables “están en el Congreso de Guerrero”. Advirtió: “Señor presidente, cuidado con los chapulines que brinquen a su partido”.

Y Yolanda Morán le recordó al tabasqueño: “Las víctimas no podemos esperar un año más a que se instale la nueva administración”.

Lucía Díaz, del colectivo veracruzano Solecito, denunció “el México de los absurdos, un absurdo criminal”.

Explicó: “Tenemos una policía que se dedica a administrar el poder criminal, fiscalías que esconden expedientes, rechazan tomar nuestras declaraciones, se niegan a investigar; tenemos jueces que, en vez de luchar contra la impunidad, son los que la mantienen; gobernadores que se coluden con los delincuentes y, para colmo, nos acusan de mentir; secretarios de Gobernación que dan la espalda a su obligación constitucional de garantizar la seguridad”.

La mujer, madre de Luis Guillermo Lagunes Díaz, acusó a las autoridades de ser “cómplices de las atrocidades, son indiferentes, esencialmente corruptas en un mar de negligencia, de mentiras (…) Nos dieron la espalda todos aquellos que fueron elegidos, jamás rindieron cuentas”.

Y tras demandar “que por fin se busque ya a los desaparecidos”, lanzó: “No queremos una amnistía como la tenemos ahora, en la que los delincuentes están libres y nosotros en la cárcel; es necesario cambiar todos los paradigmas de violencia, necesitamos paz”.

Después de escuchar, uno tras otro, los relatos del horror que diariamente se vive en México, López Obrador aseguró que en su primer día como presidente pedirá perdón a las víctimas en nombre del Estado.

Ante las demandas concretas de los colectivos de víctimas, manifestó que su administración combatirá la violencia desde “sus causas”, entre ellas, mediante el otorgamiento de becas y trabajos a los jóvenes para que “no caigan en esa empresa fácil de la delincuencia”.

También aseguró que su política de austeridad –a través de la reducción de los salarios en la alta burocracia– y la venta de la flotilla de aviones y helicópteros presidenciales permitirá contar con los recursos “para que se atienda a las víctimas de la violencia (…) y las demandas de justicia”.

Fuente: https://www.proceso.com.mx

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